miércoles, 3 de marzo de 2010

MITADES (poema de Rosanna Moreda contenido en su libro Poeginia)

Mitades


Después de unos lamentos vienen otros,
no hay remedio
como la sal que se vierte
porque la tela se extiende en lo plano
y entonces, descubriendo cada vez más,
se desarrolla en ella una idea cada vez más propia
de querer saber aún…más.

Esos lamentos estaban en el nido, desde aquel otro siglo,
Sólo quedaba descifrar el origen. Aunque sabemos lo
imposible que es descifrar, y lo vano del origen. El secreto de
la otra ella; enterrado debajo de la Tierra, debajo de las raíces que crecen
en la Tierra, debajo, debajo - fue la daga que atravesó su risa, la
cinta gruesa pegada a sus labios, el miembro robado
y no encontrado, más que un miembro, sólo la palabra puede llevar a nombrarlo,
ayúdame a encontrar
la palabra, ayúdame a encontrar al hermano.
Pero continuó labrando. El secreto le soplaba, la apoyaba,
llevándose un poco de esa vida, como se lleva el tacto al color.
Las mudanzas; transplantes de cuerpos en otros campos…también la animaban.

Ruedas mitad cielo y mitad hierba

girando hacia circos escondidos, donde la otra ella era casi la única extraña, y los
desgarros podrían crecer, libremente, pero sin el juicio de la multitud allegada.
No está bien contarlo, pero nada puede hacerse ante el duelo-renacer del secreto.
Este tiene sus normas y su devenir.
No entendemos su lenguaje, pero sí la fuerza
que lo lleva, que lo hace crecer. Y cerramos los ojos cuando es ya espiral.
Ella viajó lejos a un riñón cercano, con propósitos que no imaginaba
que fue tejiendo
guiada por demonios de(s)de la infancia.

Pero nunca pasó por su mente
una barriga enorme oculta, sabiéndose cercenada en vuestra cueva.
Nunca imaginó esa película, donde la maldad se moldea con firmeza y llega a tener
una forma propia y salta la película.
Pero continuó queriéndolos, entendiéndolos. Eran mujeres débiles-fuertes
entre impulsos enérgicos. Ellas no quisieron, pero debieron hacerlo,
debieron ocultarlo, debieron sacarlo, debieron darlo. Y si no?
Aguanta


Hubo algo aliviador luego de la comida aquella, tan verde…
verduras rellenas y redondas …y el secreto desvelado
con valentía.

Entonces se abrió la jaula tapada que encerraba tantos pájaros.
Estos nunca habían visto la luz, y se atropellaron unos a otros en segundos/
en el aire inquieto… tan grande fue el despiste.
La idea de otro hermano muerto y vivo fue lo más inaudito del sueño real.
Entonces entendió fracturas que la otra ella nunca dejó de transmitir.
Fracturas delicadas
aún en tempestades. Cortesías en medio de cataclismos. Migas de pan
que caen, que informan.
Ella pensaba que con las muertes
acabaría todo, pero siempre hay algo más no sólo para El Bosco.
Atendió a las formas de aquellos bestiarios,
sin comprender cómo existía ese vidrio, aún bien puesto.

Entendió también a los ejércitos de Expósitos;
militantes de genealogías ultrajadas, aturdidos, heridos
entre momias de moral. Intentó alienarse con ellos, pero eran muchos y los habían aplastado.
Y entonces le hablaron de terapias, parejas y posibles criaturas.
Vida nueva, sangre artificial.
Más bien se dedicó a lo contrario, y más oponentes silenciosos vislumbró sin querer ver.
Sólo en esta soltería, mía, mía puedo controlar la tirada. Que no las lleven por senderos
de cristal, ya se han roto en otros espejos, ya llegaron a esa nube negra.

Solas, solas, solas


Entonces probó con el otro hermano; el de carne y hueso,
pero ni siquiera ahora la escuchó.
Había visto demasiados estruendos, escuchado demasiados acertijos
que nunca llegó a comprender,
Empecinado en escudriñarlos como ella se había empeñado
en que le desvelaran la intriga última de aquella
familia extensa,
donde la pequeña fue regalada a unas tías cuyo fruto a su vez regalaron.
Sólo la escuchó la palabra,
la palabra que ayuda a hacer de todos.

Tú escribes. Sólo tú me guías.

En terapia no hay todos. En pareja
no hay todos. La palabra es hijo.
El hijo que nunca tendré. / …Cada poema es un parto…/
Ahora ella puede respirar un poco más porque con ese palo…
ha preparado al cerebro,
extendiéndolo, y dejando un hueco grande para lo que sale de adentro.

Como la tela que no cesa, como este secreto del cual os hablo
que vibra, que nunca muere.
Sólo en esta melancolía, mía, mía defender la libertad de seguir no callando.
Ninguna palabra. Como los gitanos - sin rendirse,
aferrando el llanto itinerante, y la palabra.
No callando, no pidiendo justicia, sino venganza-
ante esto último terrible
que invoca la palabra inocente, despavorida
la palabra maldita que duele y que no temo: incesto.

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